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EL PLATO HUMILDE

“El día de hoy un amigo me invitó a comer. Él es muy humilde, llegando a su casa me ofreció pasar y me senté en una silla de madera, enseguida mandó a su hijo por una soda... Mientras platicábamos le pidió muy amablemente a su esposa si nos podía dar algo de comer. Me miró con algo de pena y me dijo:

- Amigo, usted disculpe lo que le ofrezco de comer, sé que usted está acostumbrado a comer bien, pero esto que le ofrecemos, se lo damos de todo corazón y mi esposa lo hizo con mucho cariño porque usted venía...

Me sentí muy halagado y se me hizo un nudo en la garganta, me senté a la mesa y al probar ese rico plato enseguida vinieron a mi mente los recuerdos de mi niñez, fue este plato sin duda el mejor que he probado en años.

Gracias a mi amigo por recordarme a nunca olvidar de dónde vengo y que las mejores cosas siempre las encontraremos en lo sencillo y lo que se da de corazón”.

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UN DÍA BAJÉ A MI HIJA Y YA NUNCA LA VOLVÍ A CARGAR.

La cargué cuando se había lastimado. La cargué cuando estaba emocionada. La cargué cuando estaba cansada. La cargué cuando aún era demasiado pequeña para ver lo que yo podía ver. Y de pronto un día la bajé y ya no la volví a cargar. Un día, sin darme cuenta... ella se hizo grande. Demasiado grande para caber en mis brazos. Demasiado grande para descansar en mi. Un día la bajé y ya no la volví a cargar. Un día, sin darme cuenta ella se hizo fuerte. Lo suficientemente fuerte para seguir adelante aunque estuviera cansada; lo suficientemente fuerte para calmar su propio dolor. Un día la bajé y ya no la volví a cargar. Un día sin darme cuenta, ella ya podía ver lo que yo podía ver. Ella podía ver por encima de la gente. Ella podía ver sin mi ayuda. Un día la bajé y ya no la volví a cargar. El día que la bajé, yo no sabía que sería el último. Había sido una rutina que hicimos miles de veces. Y lo cierto es que ella aún me necesita para guiarla a través de la vid